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Me gustaba coger el circular para echar la siesta. Aquella buhardilla de la calle Olmo siempre estaba helada y yo prefería salir pronto a pasear, buscar un periódico usado en el parque, sentarme debajo del tilo donde aún calentaba el sol un rato, y esperar. Era aburrirse plácidamente como se aburre el insecto, y escala, y baja y desaparece y pelea en torno a la misma piedra. Era dejar pasar el tiempo sólo para que pase, sin más futuro que intentar conseguir algo para la cena. Y respirar. ¿Cuánto hacía que nos conocíamos? no sé, ¿cinco, seis años? y ahí estábamos otra vez sentados uno frente a otro en el bar de siempre, yo hablándote de mi tristeza y tú jugando a comerte tu pedazo del pastel. Todo era inercia. Aunque a veces no, a veces tenías un plan, y lo contabas con tanto entusiasmo, con tanta vida, que entonces yo te creía, y gastábamos la paga en vino y me llevabas a bailar. Y reíamos como nunca, como sólo pueden reír los pobres, los condenados. Porque ese quinto piso tendría siempre la ventana rota, y el dolor de huesos y el café recalentado. Y esperaría cada día otro billete más para matar la tarde. Aunque sabía que no era necesario dar tantas vueltas para bajarse otra vez en la parada equivocada.
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